Por Jesús Peña

Este juglar viaja por todo el país cantando el sentir del mexicano, que día a día sobrevive a una realidad que parece tener todo en contra. Aquí va su canto para despertar conciencias.

Saltillo, Coahuila.- Por carreteras, caminos, veredas; montañas, selvas y desiertos, y hasta donde lleguen los pies todo terreno de Andrés Contreras, “¡El juglar de los caminos!”, ¡sí señores! , dicho así, con enjundia harta, cala la tonada ácida de una mentada de madre hecha canción y ejecutada con toda la mano izquierda, sobre filosas cuerdas de guitarra.

Se llama “El mono de alambre”, una rola que, de por sí, hicieran popular infinidad de grupos y bandas norteñas, pero parodiada y entonada al modo y estilo de Andrés, “El juglar”.

La había oído de sus tíos cuando tenía cinco años, un día en que, por una travesura, su madre le arreó una santa nalgada que “yo andaba en pura trusita y ¡ay oiga!”, le dolió hasta el alma. El chamaco se tiró al suelo, chilló de dolor y de rabia, se revolcó y pataleó. A unos metros del berrinche, en el corral de su casa en San Ignacio, Río Muerto, Sonora, sus tíos, que se ocupaban en pelar una vaca, aventaron los cuchillos y se dejaron ir hasta donde Andrés.

Formaron una rueda a su alrededor, se agarraron de las manos y comenzaron a bailar dando vueltas, al tiempo que cantaban las estrofas picantes de aquella melodía.

“Se pusieron a cantar ‘vamos a bailar “El mono de alambre”, y el que no lo baile que chingue a su madre’. Cuando menos acordé ya estaba con ellos formado y bailando alrededor”.

Cuando Andrés, quien había nacido en la Baja California Norte, y años más tarde trasladado de San Ignacio, Río Muerto, Sonora, a Hermosillo, la capital, se enteró de la matanza de un grupo de campesinos yaquis de San Ignacio, ordenada, supo después, por un tal gobernador Carlos Armando Biebrich Torres, le dio coraje.

 

¿Cuántos de aquellos asesinados, eran los niños con quienes él había jugado durante su infancia en Río Muerto?, se preguntó.

Andrés agarró su guitarra, tentó las cuerdas con las yemas de los dedos y después de unos acordes brotó, inspirada por la furia, su versión áspera, subversiva, inconformista, contestataria, insurrecta e insumisa, de “El mono de alambre”.

“Yo le cambié ahí unos versos y quedó dedicado a los latifundistas que habían ordenado esa masacre. Entonces en lugar de decir ‘buenos días señores, cómo están ustedes’, y ‘que chinguen a su madre’ éstos y aquellos, le pongo ‘buenos días señores, somos agraristas, chinguen a su madre los latifundistas’. Como en México siempre ha sido eso de estar entregando todo a los gringos, yo ya dije ‘por todo el país venimos cantando y a los vende patrias la madre mentando…’”. “¡Para que vean – presume irónico Andrés, con su voz como de barítono popular, cuando se le oye cantar en sus discos o sus nada masivos conciertos en vivo de mentadas que ofrece por todo el país - que no nada más exportamos petróleo y artesanías, también paisanos, que se van a trabajar a Estados Unidos, para que los gringos los anden madreando, explotando, matando y, de pilón, pegándoles el Sida! ¡No señores, también exportamos mentadas… y van con dedicatoria!”.

Entonces Andrés era un muchacho que rayando la adolescencia había aprendido a tocar la guitarra de manera lírica (autodidacta), lo de cantar se le dio por default.

“El Mono de alambre”, sazonado por sus mentadas con destinatario, comenzó a escucharse en las plazas principales de los pueblos, durante las marchas, manifestaciones, mítines o protestas, contra el sistema político imperante de aquellos tiempos, eran los años setentas.

Que viva Cabañas
y Genaro Vázquez,
que chingue a su madre, don Fidel Velázquez,
momia cuaternaria,
antediluviana,
vendes al obrero,
tarde, noche y mañana.
Vamos a bailar,
vamos a bailar
“El mono de alambre”,
y los magistrados
y gobernadores
¡chinguen a su madre!....

Se oía cantar el estribillo por las calles amotinadas de aquí y de allá, a excepción, claro está, de las estaciones de radio oficialistas o comerciales que todavía tienen prohibido programarlo.

En una de sus tantas correrías por todo el país Andrés había conocido a los personajes incómodos de la política nacional, en Chiapas a Marcos, el subcomandante del EZLN, en Guerrero a los líderes del EPR y a la gente de la APPO, durante la rebelión en Oaxaca.

“Una vez que llegamos acompañando a los zapatistas en una marcha, cuando el subcomandante Marcos se sube al vehículo donde íbamos, a un camión, yo, en lugar de identificarme, saqué un cassette donde tenía la canción de ‘Selva Sangrienta’, Marcos la ve y dice ‘aaah, ¿así que eres Andrés Contreras?, ya habíamos oído hablar de ti. Aquí en los campamentos vamos a oír tu música’”. Andrés recuerda que aquellos eran días de revuelta y sobre su obra maestra, “El mono de alambre”, remata: “Todavía me topo con gente en muchos lugares pos que me dice que no diga malas palabras, que le quite las malas palabras. Alguien me dijo ‘oye, esa de El mono de alambre está muy bonita, pero por qué no le quitas las mentadas’, le dije ‘¡noooo!, le quito las mentadas y la pudro, ¿qué pasó?”, narra “El Juglar”, a la mitad de su más reciente audición realizada en Saltillo una noche de invierno en el patio del Centro Cultural Cihuacóatl y organizada por el movimiento “Jóvenes Lagartos”.

Después vino lo de los cincuenta y tantos encarcelamientos, lo de las persecuciones y lo de las amenazas de muerte, en contra de “El juglar” y su repertorio de canciones incendiarias, impregnado de coraje y salpicado con anhelos de justicia y libertad para los pueblos oprimidos.

Al grado de que hubo quien llegó a calificarlo como un enemigo de la civilización occidental, promotor de la cultura del desmedre, de las mentadas y las obscenidades.

“No, les dije, ‘obscenidades las que hacen los curas, yo no ando violando niños, yo no ando cometiendo genocidios ni bendiciendo a los que los cometen, no ¿pos cómo?’”, dice Andrés Contreras, camisa blanca a rayas, pantalón de mezclilla, sombrero, espejuelos, grueso bigote y copete a la Pedro Infante, mientras conversamos en una pieza de adobe y techos altos de madera enmohecida en el Centro Cihuacóatl, antes de salir a dar su recital.

Su niñez había transcurrido en los campos de algodón de San Ignacio Río Muerto, Sonora. Andrés tenía cinco años y todos los días se levantaba a las 4:00 de la mañana para ir a trabajar en el desahije de las plantas.

Terminando la jornada le pagaban con una moneda de esas grandotas que traían en el centro la imagen de La Corregidora, Josefa Ortiz de Domínguez, y otra monedita que tenía grabada dentro una como balancita plateada. “Esos momentos eran para mí bonitos, porque convivía uno con la gente”, evoca “El juglar”.

Nunca sintió que despertarse de madrugada, a los cinco años, para ir a cortar algodón al campo fuera un acto de maltrato, y en cambio le gustaba desperezarse todas las mañanas oyendo el radio tocando los programas de los Laboratorios Mayo, en los que se anunciaban los productos milagro de entonces, y las canciones de los Montañeses del Álamo y el Piporro.

“Eso a mí me encantaba y fue lo que, de alguna manera, me alegró un poco la niñez”, platica después de su noche de concierto, a la que asistieron unas 30 personas.

Al rato nos encontramos en una mesa del centro cultural Casa Tiyahui, frente a un café negro cargado y la laptop de Andrés, que ha querido aprovechar el tiempo para checar su mail, y no es albur.

Sus padres, parientes, maestros y hasta el cura de la iglesia, habían visto con disgusto que desde sus primeros años Andrés “El juglar”, usaba preferentemente la mano izquierda para coger la comida o la cuchara y, ya crecidito, para escribir y dibujar.

En el seno de su familia, y aun en las aulas de su escuela, la gente quiso, a fuerza de golpes y de amarrarle la mano izquierda, cambiar su condición de zurdo. Eso lo marcó y supo desde niño lo que era la injusticia de sentirse culpable por algo que no había hecho.

“Yo siento que me amargaron la niñez, cuando más a gusto estaba yo llegaba el golpe sin saber por qué y luego me amarraban la mano. Recuerdo el primer golpe que recibí, yo agarré un pedazo de pan con la mano zurda y llegó el golpe, lo quise volver a agarrar y el golpe otra vez”. El haber nacido zurdo y en el seno de una familia campesina pobre, lo llevarían tiempo después a ser lo que es “El juglar”.

Pero hay algo que a Andrés no se le olvida. Sucedió el día en que sus parientes lo llevaron a la iglesia para que aprendiera el catecismo. El cura lo había obligado a persignarse con la mano derecha, Andrés le reviró:

“Yo ya estaba un tanto… matrero y les dije ‘soy zurdo y alguien me dijo que no me avergonzara de serlo, que no tenía la culpa de nada, que nadie tenía derecho de golpearme, que Dios me había hecho zurdo, que zurdo nací y zurdo me iba a morir’. Un cura me cacheteó, que porque era la mano diabólica, la mano del mal y quién sabe qué”.

Estando en la escuela, un día llegó a sus manos una pequeña revista que hablaba sobre los juglares. En ella se leía que eran personajes que iban de pueblo en pueblo narrando acontecimientos e historias y eso a Andrés le llamó la atención.

“Ellos iban conociendo mucha gente, muchos lugares, enterándose de muchas cosas y yo decía ‘cuando yo crezca, quiero ser un juglar’”, Influido por su gusto por la música y sus recuerdos de cuando tenía cinco años y se levantaba a las 4:00 de la mañana, para ir a los campos de algodón, oyendo los corridos de “Valentín de la sierra”, “Benito Canales” y “La tumba de Villa”, las canciones del Piporro y los Montañeses del Álamo, Andrés tuvo el deseo de enseñarse a tocar la guitarra.

En aquellas oscuras y frías madrugadas había quedado fascinado con la voz y los acordes de la guitarra de 12 cuerdas de la texana Lydia Mendoza, “la reina de la canción chicana”, conocida también como “La cancionera de los pobres”.

“Hacía puros acordes, no metía melodía, puros acordes y cantaba unas canciones muy bonitas que me encantaban”, rememora.

A los 14 años y con el sueldo que cobraba por su trabajo se hizo de una guitarra y comenzó a aprender a tocarla sin ayuda de ningún profesor. Cuando menos acordó, Andrés estaba ya componiendo canciones “sencillitas”, sobre travesuras, personajes o acontecimientos chuscos, que ocurrían en la colonia donde vivía en Hermosillo, Sonora. Pero andando los días en el calendario y los pies de Andrés por los caminos, su música se volvió gritos agrios de protesta en contra de los malos gobiernos y toda clase de lacras sociales.

Las injusticias que veía en el mundo lo hacían recordar su niñez en San Ignacio Río Muerto, Sonora, allá cuando recibió muchos golpes de sus parientes y sus maestros, por no usar la mano derecha.

“Eso me hizo un inconforme, un indignado, que ahorita se está usando mucho eso que nació en España”, ilustra y después de mucho rato da un largo sorbo a su café negro cargado.

Su despido de una maquila en Agua Prieta, Sonora, en los años sesentas, sólo por armar desgarriates y defender las causas de sus compañeros obreros, que exigían Seguro Social y guarderías para los hijos de las madres trabajadoras, acabó por volverlo todavía más radical.

Lo acusaban de ser un agitador a sueldo que tenía el objetivo de echar a perder el progreso de Agua Prieta con las maquiladoras, que pagaban sueldos de miseria y no daban ningún tipo de prestaciones.

“Te descontaban Seguro Social, pero no teníamos atención médica. Lo que sí había era una oficinita donde estaban prestos para recibir las cuotas obrero
- patronales. Me corren del trabajo, me boletinan pa’ que nadie me dé empleo y tuve que salir de ahí”.

Un día decidió alejarse de su entorno, tomó su sombrero, la guitarra que había comprado a los 14 años, con el producto de su trabajo, y echó a andar como un trotamundos por carreteras, caminos, veredas; montañas, selvas y desiertos, hasta allá donde hubiera un movimiento de inconformidad y Andrés pudiera cantarlo.

“Yo voy cantando nomás, viendo las movilizaciones, la lucha que se da, de repente es ahí donde a mí me llega la inspiración”.

-¿Quién lo bautizó?

-Un periodista, dice ‘eres un juglar y andas caminando por todos lados, eres un juglar de los caminos’. Nació así “El mono de alambre”, después de aquella matanza de sus amigos campesinos yaquis en San Ignacio, Río Muerto:

“Los primeros versos que salieron de aquel ‘Mono de alambre’ que yo cantaba en los setentas, hablaban mucho de Luis Echeverría, decía ‘por ser un asesino ojete y contumaz, que chingue su madre, Gustavo Díaz Ordaz’”,
Conforme iban pasando los años, se iban intercambiando los personajes.

“La versión que manejo fue del 95, que ya requiere agregar nuevos personajes. Zedillo ya no está, Fidel Velázquez tampoco, Raúl del Asco tampoco, pero no es tan sencillo estar rentando estudios de grabación para estar modificando. De todas maneras ‘El mono de alambre’ con todo y estar un poquito… atrasadito, sigue pegando mucho”.

Le siguieron más de 200 canciones cuya letra dedicó “El juglar”, entre muchos otros personajes, al cardenal Juan Sandoval Íñiguez, los jubilados desprotegidos, los maestros malpagados, los campesinos sin tierra, los pobres sin futuro, las víctimas de la matanza de Acteal, Osama Bin Laden, Ulises Ruiz, Mario Marín, Kamel Nacif, Digna Ochoa, Vicente Fox, El Tío Sam, el padre Marcial Maciel y Elba Esther Gordillo, a la que compuso estos versos:

Hay una maestra
que se llama Esther,
que tiene mirada
como Lucifer
Allá por Los Pinos
se le puede ver
ya mucho le dicen
la culebra Esther.

Ay Esther
ay Esther
no te agaches tanto
te lo pueden ver
Ay Esther
ay Esther
a puros madrazos
te van a correr…

Cincuenta y tantas veces lo encarcelaron, sufrió persecución y, por cuanto pueblo pasó, lo amenazaron de muerte.

“Un subprocurador me decía que tenía pruebas de que yo era un delincuente, le digo ‘y ¿cuáles son las pruebas?’, me dice ‘mire’ y toca El mono de alambre en una casetera. Le digo ‘¿eso me hace delincuente?’, me dice ‘eso de andar insultando, diciendo malas palabras’, le digo ‘oiga, ¿pero de dónde saca usted que esas son malas palabras?’, y dice ‘todo mundo lo sabe’, ‘no señor – le dije – usted es licenciado, ha de ser egresado de una facultad de derecho, no por nada está en este cargo, mínimo usted tiene un doctorado o una maestría. Yo esperaba que me dijera en qué artículos de la Constitución, de algún código penal, se basa para decir que son malas palabras las que están ahí’. ¿A caso Octavio Paz era un ignorante?, él escribió un tratado sobre la chingada y ganó el Premio Nobel de Literatura’, recuerdo que relató Andrés mientras ejecutaba esta canción en su recital celebrado en Saltillo en los patios del Centro Cihuacóatl.

-¿Por qué tantas mentadas?

-Lo que busco es dar un mensaje de alto impacto. Si usara palabras muy finas, rebuscadas, muy acá, mucha retórica, no impactaría, me oiría como cualquier bufón.

La noche de fin de año de 1993 y mientras se encontraba en Manzanillo departiendo con sus amistades, un amigo se acercó para pedirle que fuera a enterarse de lo que estaba sucediendo en Chiapas y que le podía dar para escribir una canción. Aquel amigo le acercó entonces un televisor: daban la noticia del levantamiento armado del EZLN en la Selva Lacandona.

“El juglar” tiró la cuba que se estaba tomando y pidió un café negro bien cargadito. Al rato estaba cantando lo primero que compuso sobre Chiapas, “Selva sangrienta”:

Se le fue al fuego su diablo al gobierno federal,
que en México había justicia y estabilidad social,
por la Selva Lacandona
la cosa se puso mal.

Semanas después “El juglar”, se hallaba en el corazón de la Selva Lacandona, donde vio y vivió muy de cerca el movimiento rebelde.

“Fueron días muy bonitos en los que había mucha esperanza, yo sí creía que iba a haber un cambio para bien de México, pero lamentablemente los partidos políticos, sobre todo el PRD, lo amolaron.

Ya se les había aconsejado a los zapatistas que no se involucraran en roles electoreros, que era muy diferente al movimiento de ellos, y que se iban a arrepentir, porque el PRD los iba a traicionar, que un partido político está al servicio del gobierno, porque el gobierno lo sostiene, y el que paga manda.

“Y eso me hizo a mí muy odiado por personajes que fueron enviados a lavarles el coco a los zapatistas como Rosario Ibarra. Se arrepintieron amargamente de haber caído en la trampa y a la postre la Rosario Ibarra, que decía que Marcos era su hijo y que quién sabe qué, ¡pum!, que lo manda a la goma, se va a buscar el hueso, una plurinominal con el PT, si mal no recuerdo”.

La explotación de los campesinos, a manos de los caciques de la selva Chiapaneca, dejó a Andrés sin aliento.

“Cuando me metí a la selva me tocó ver cómo mucha gente trabajaba jornadas completas por cinco pesos, la mayoría eran guatemaltecos, explotados muy salvajemente por los hinqueros, cinco pesos les pagaban. Si a alguno le pagaban 10 pesos, era afortunado”.

Andrés, quien se había enamorado en varias ocasiones y fracasado otras tantas, conoció en Chipas a “La Chamulita”, la única mujer que lo acompañaría en sus peligrosas correrías por las zonas de conflicto, donde generalmente había golpes y balazos.

Era una indígena chamula que lo siguió más de 15 años en su peregrinar por los pueblos y que a su lado pasó hambres, persecuciones, encarcelamientos y amenazas... Una pesadilla.

“Se me murió hace dos años, es lo peor que me ha tocado vivir en la vida. Antes de conocer a mi Chamulita, de mucho más joven me casé, hubo un fracaso, he fracasado varias veces, porque cada encarcelamiento suele ser un cambio de mujer. La que sí me aguantó todo tipo de cosas fue “La Chamulita”. Me encarcelaban y no se espantaba, se movía para acá y para allá, denunciando, hasta que lograba que me soltaran”.

En medio de las penurias que Andrés pasó, por falta de dinero, con la enfermedad de “La Chamulita”, supo realmente que aquellos spots del gobierno sobre la cobertura total del cacareado Seguro Popular eran puro cuento.

“La gente se traga eso de que tenemos cobertura total y que no tenemos de qué preocuparnos. Claro, no hay de qué preocuparnos mientras no tengamos una enfermedad, mientras no necesitemos de ir con algún doctor a alguna clínica. Se oye muy bonito, mientras no te enfermes y tengas que ir a que te hagan una diálisis porque te van salir con que no la cubre, que no hay medicinas, no hay camas”. A “La Chamulita”, le dedicó también unos versos en una de sus canciones más alegres, titulada así, “La Chamulita”: Vaaaaa!!!

“La Cahmulita” va
con sus artesanías,

¿quién se las comprará?

Llegó después lo de Atenco y ahí estuvo ¨El Juglar¨, más tarde se vinieron los disturbios en Oaxaca y en el D.F. el conflicto desatado por las elecciones presidenciales de 2006. También allá fue la trova de Andrés.

“¿Y cuando no hay movimiento?”, pregunta el reportero a “El juglar”, que antes de responder sorbe su café negro, “yo me apago y entonces me concentro un poco en la Ciudad de México para participar con diferentes colectivos”, contesta.

O simplemente se dedica a componer canciones sobre hechos cotidianos que ocurren en las pequeñas y grandes ciudades de aquí y de allá.

Un día que llegó a Manzanillo se enteró del caso de una termoeléctrica que estaba provocando una gran contaminación al ambiente, los pobladores y los peces, entonces Andrés cantó:

Esa termo, esa termo ya me tiene todo enfermo con el humo que respiro hay noches que ya no duermo “Yo cantaba eso en la playa, en los camiones y puta!!! me iba muy bien. Cuando se vino una epidemia de conjuntivitis, hice la canción de la conjuntivitis y también les encantó”.

- ¿Vive de su música?

- Como negocio, no es negocio, es más negocio dedicarse a la bufonería y cantar canciones de narcos, corridos que les llaman de amistad tipo Chalino (Sánchez), de que ‘voy a hablarles de un amigo sincero’ y que es muy chingón pa las mujeres, y pa la pistola, y que es amigo del amigo y que como amigo es bueno y como enemigo es pesado… Ese tipo de canciones suelen dar mucho dinero”.

- ¿Alguna vez las compuso?

- En un principio, pero no me gustó hacerlo porque, sí es cierto, como que uno se prostituye. Yo llegaba a un lugar que no conocía y preguntaba dónde hay aquí algún cuate famoso que sea entrón, mujeriego, y yo le componía un corrido. Decía ‘a ver señores voy a cantarles algo que pepené por ái y si a alguien le gusta pos ái una cooperación, una moneda’. Me agarraba cantando y de repente ‘oiga, trovador, venga para acá ¿de quién esa canción, quién la compuso?’, ‘no pos yo’, ‘¿y cómo lo hizo?’, ‘no pos por ái me contaron que había aquí un cuate bien cabrón, me gustó la historia e hice la canción’, ‘¿y sabe quién soy yo?’, ‘no tengo el gusto’. ‘yo soy el que habla esa canción, a ver siéntese. A ver, a ver, - decía a los meseros - ven pacá tráile a mi amigo lo que pida’, y aquel señor sacaba un fajo de billetes, dos mil pesos.

Andrés recuerda a Oaxaca por sus muertos y las grandes barricadas que levantaban los inconformes para defenderse de los ataques del gobierno tirano de Ulises Ruiz.

“¡Cómo mataban gente ahí! Movilizaciones de cientos de miles y de repente nos balaceaban. Fue donde vi que se organizó mejor una defensa, para contener a los matones del gobierno que iban vestidos de civiles en motocicletas, en coches sin placas, disparándole a la gente. “Se hicieron más de dos mil barricadas. Era tal la organización que se ponían esas barricadas en la noche y al amanecer se levantaban. Las barricadas se hacían con refrigeradores viejos, llantas viejas, cascarones de coches, piedras, arena, lo que fuera”.

Entonces compuso una de las melodías más representativas de aquella guerra, “A las barricadas”:

Costales llenos de arena y una que otra llanta usada, piedras, troncos, muebles viejos hacen buena barricada.

Una de sus últimas incursiones fue con el grupo que acompañó a Javier Sicilia en su “Caravana por la paz”, que exigía justicia tras los asesinatos, secuestros y las desapariciones de civiles inocentes, que desencadenó la guerra contra el narco emprendida por el gobierno calderonista a principios de sexenio.

Sobre este movimiento Andrés fija sus posturas:

“A mí me dio mucho coraje lo de Sicilia, porque siento que pudrió su movimiento, se agarró descalificando a todo mundo, ya de que salió con que teníamos que ir calladitos y no ofender a Calderón y no exigir el retiro del ejército de la calles y que no quiso abordar nada de las violaciones de niños en México por sacerdotes. Me indignó mucho que haya descalificado a la pastoral de Ciudad Juárez que declaró persona non grata a Calderón, él (Sicilia) lo único que quería era la justicia para su hijo asesinado y la de los que tenían víctimas de asesinato, pero, ¿que también no es delito que le violen un niño a alguien, un sacerdote, o que el ejército esté levantando gente, violando derechos humanos, humillando a la población, generando miedo?. “Yo veo más congruencia en la mamá del niño quemado en la Guardería de Hermosillo, que ella en ningún momento dio pauta ni pie a que Calderón fuera a abrazarla. Ella a lo que iba, tenía su línea bien clara de que tenía que exigir justicia, por la muerte de su hijo y la de los demás y se lo dice bien claro ‘yo te pregunto señor presidente ¿qué entiendes por justicia?, porque para mí justicia es que los culpables de la muerte de mi hijo y de los demás niños, estén en la cárcel, se pudran ahí’. Que Calderón hubiera intentado abrazar a esa mujer – Andrés se sonríe - ¿dónde? En cambio Sicilia no nomás de abrazo sino hasta regalando rosarios, besos y cuánta cosa, pos no”.

Y así trascurre, a sus 61 años, la vida de Andrés Contreras, “El juglar de los caminos”, yendo de aquí para allá, dejando en cada pueblo por donde pasa, grabadas en el viento, las notas de sus melodías acedas, despertando con los acordes de su vieja guitarra las conciencias aletargadas. Al terminar la entrevista me viene a la cabeza un apagón ocurrido mientras Andrés cantaba en el patio del Centro Cihuacóatl. A final uno de los organizadores del evento dijo, después de agradecer la presencia de “El Juglar”, ‘ah, y el apagón fue de parte de los Moreira’, a lo que Andrés respondió complacido ‘¡un saludo desde aquí para esos cabrones!’ y dió un acorde final de guitarra.

 

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